Monsanto sigue su política de propaganda duradera.

Monsanto, el líder de las biotecnologías, invirtió nada menos de 700 millones de dólares por año en la investigación y el desarrollo, o sea el equivalente de 10% de sus ganancias. La multinacional firmó en 2007 con la alemana BASF un acuerdo con el fin de compartir durante 5 años un programa de 1.5 mil millones de dólares sobre las tecnologías anti-estrés, pero siguiendo la capitalización de su producto estrella: el herbicida integral Round Up. Tengamos en cuenta que con el fin de evitar la dispersión de sus esfuerzos de investigación, el semillero privilegie cuatro cultivos principales: el maíz, las oleaginosas, la soya y las verduras. Monsanto trabaja en primer lugar sobre la transgénesis, tecnología que controla mejor que nadie.

Tratandose de genómica, el gigante americano es tan poderoso que sus concurrentes están muy seguido obligados a comprarle los datos de sus marcadores genéticos. Que Monsanto juegue sobre la fibra rastreadora del desarrollo duradero es bastante extraño, cuando se conoce el pasado bastante pesado de este “pulpo genético”. Monsanto desarrolla así su estrategia agresiva en un diluvio de alegatos éticos focalizándose en los “agrocombustibles”. Así apuesta sobre plantas de maíz que produzca más etanol y lo aprovecha para defender sus virtudes tecnológicas. Su último hallazgo? El calentamiento global, que le ha permitido efectuar investigaciones sobre una variedad de maíz resistentes a la sequia. Una lección? Si los fundamentalistas del mercado libre han podido vanagloriarse respecto a la competencia “pura y perfecta”, ello es gracias a su posición monopolizadora en que Monsanto llega –Shumpeter no hubiera desmentido- a sacar los fondos necesarios para innovar. Si es bueno o malo, eso es otra pregunta que dejaremos a los moralistas.

Fuente: Les Echos del 3 de julio de 2007: Gresea, 6 de julio de 2007